Por nosotros, no se molesten

Perplejo ante la irrupción en campaña electoral de la reforma constitucional. Tal vez dicha perplejidad resida en el hecho de no haber visto ni el más mínimo signo de dicha voluntad en el Congreso en los últimos años. Es más, había tenido la sensación -no sé por qué- de que la Constitución era un texto tan inmutable como las propias Tablas de Moisés y que su cuestionamiento era una herejía que merecía una inquisitorial condena en la hoguera mediática. No obstante, a tenor de lo visto en esta campaña electoral, al final va a resultar que ¡se podía cambiar!... Que era sólo, como nosotros decíamos, una cuestión de voluntad política.
 
Ciertamente,  el PSOE comenzó a hablar tímidamente de reforma constitucional. Eso sí, acotada a una reforma del Senado que nunca he entendido bien en qué consistía, pero que he de suponer que va más allá del traslado de la sede a Barcelona, que al parecer se pretende convertir en una suerte de segunda capital del Reino de España para evitar que se convierta en la de la República Catalana.
 
Para dotar de mayor entidad esa inconcreta propuesta de reforma del Senado, los socialistas hablan de Estado federal, pero nuevamente en unos términos tan indefinidos que en Catalunya nos evoca la embaucadora fragancia del otrora Estado plurinacional de Zapatero. No obstante, en estos lares de la Península no nos engatusan ya los cantos de sirena: tenemos bien vivo el recuerdo de cómo los propios socialistas se cepillaron la propuesta federal y, con ella, cualquier encaje de Catalunya en España.
 
Consciente de que en la mente de la gran mayoría de españoles no cabe otra España que la diseñada en el sepelio de Franco, Rajoy interpeló a Sánchez en el cara a cara bipartidista sobre qué significaba exactamente su idea de Estado federal:  “¿más competencias o menos? ¿todas iguales o desiguales? ¿federalismo asimétrico? Lamentablemente,  Sánchez no fue tan expeditivo en aclarar la cuestión como lo fue cada vez que sintió la imperiosa necesidad de despejar cualquier tipo duda respecto a su compromiso con la unidad de España y su oposición a un referéndum para que Catalunya decida su futuro.
 
Y ahí llegamos a la auténtica paradoja. Se rompe el tabú constitucional y se impone en la agenda política la modificación de la Constitución con la pretensión de “persuadir a la mayoría de catalanes que quiere, no el status quo actual, sino vivir de otra forma en España” (Pedro Sánchez dixit), pero ni siquiera se va a reconocer el nivel competencial que hace una década reclamaba Catalunya ni mucho menos el derecho de decidir que se reclamaba hace un año. En otras palabras, se pretende modificar la Constitución para intentar contentar a Catalunya, pero sin contar con ella y sin satisfacer siquiera la pretensión de los que todavía creen en el federalismo.
 
Por nosotros, no se molesten. Llegan muy tarde ya. Si quieren cambiar la Constitución, cámbienla. Creo que a España le vendrá bien ese cambio, aunque sea solamente cosmético. Y digo cosmético porque un cambio que necesita de 2/3 partes de las Cortes, que requiere al PSOE y/o PP, no puede ser otro tipo de cambio. Y menos con las mimbres expresadas y demostradas por aquellos que cacarean la reforma constitucional pero que no van  a cuestionar ninguna de las paredes maestras de la Constitución. Ni el modelo autonómico y su financiación, ni la Monarquía, ni la (a)confesionalidad estatal, ni el nacionalista papel del Ejército como garante de la unidad española, ni...
 
¿Para qué entonces van a cambiar la Constitución? ¿Para modificar el Senado? Insisto, por nosotros no se molesten. Nuestro esfuerzo e ilusión está en un proceso constituyente catalán, que debe ser participativo, sin más paredes maestras establecidas que el garante de los derechos y libertades y que permita una vez proclamada la República Catalana que el Parlament de Catalunya apruebe todas aquellas leyes que han de regir en nuestro nuevo país. Desde la legislación laboral hasta la energética, pasando por la legislación social que desarrolle el verdadero Estado del Bienestar que previamente haya blindado nuestra Constitución.

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